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Escuchar desde el corazón

 

Lorena Montefusco
Comunicación con alma- La energía del amor en acción
www.comunicacionconalma.com

Estuve invitada por el Teléfono de la Esperanza a dar una conferencia, recorrí su lugar y me encontré con su gente. Un gozo enorme, por la importancia de la misión que realizan. Hay tanto que aprender en el escuchar-escucharnos. Es la base de la conexión con cada uno de nosotros y con la totalidad. Para ello es fundamental que intervenga el corazón.

Estamos cerrando un año, han pasado muchas cosas, todas de gran intensidad, la mayoria nos llevan a la reflexión de la no escucha, del sentir que hablamos lenguajes diferentes y, no por las lenguas; sino por el no poder comprendernos, respetarnos y abrazarnos.

Es un tiempo para el silencio, la intimidad, el reencuentro, la conexión; es un tiempo para mirarnos profundamente a los ojos y escuchar…

Jeff Foster, en su poema Quítate la máscara  y permite que entre el amor dice:

Tienes que mostrarte a ti mismo amigo,
Asume el riesgo de mostrarte como eres.

No te escondas detrás de una máscara,
Porque nadie jamás conocerá tu yo real.

Nadie podrá amarte,
“Amarán” más bien tu máscara,
Tu apariencia, tu rol, tus palabras,
Tu “personalidad” cuidadosamente construida.

(…)
Quítate la máscara amigo,
Permite que tus dudas, tu vulnerabilidad,
Tus miedos, incluso tu enojo, sean vistos.
Dí tu verdad,
Comparte tu delicado corazón,
Pide ayuda cuando la necesites.

Ofrece tu escucha,
No tus respuestas.

Asume el riesgo de que te conozcan realmente,
Asume el riesgo de permitir que entre el amor.

Sólo al quitarnos la máscara permitimos la alquimia del amor. Vernos de verdad, en profundidad, amorosamente; sin juicios, ni culpas, ni explicaciones. Abrazando nuestra esencia y dando espacio a que se exprese, nos sorprenda y nos ilumine. Osho en su libro Aprender a amar, lo expresa así: «Cuando elimines lo falso y estés completamente desnudo ante la existencia, comenzará a crecer lo auténtico en ti».

Es una época propicia para dejar caer las máscaras, encontrarnos desnudos ante la existencia y permitir que nazca lo auténtico en cada uno de nosotros a fin de unirnos desde la esencia.  Cada uno tendrá su forma de encontrarse: caminar por la montaña, abrazar un árbol, en su sofá con una manta, cocinando, mirando el cielo, con un té caliente en sus manos, hay diversas formas de conectarnos. Deternos y silenciarnos es el primer paso, en esta ocasión les propongo ir más profundo, mirarnos a los ojos, sí, a nosotros mismos. ¿Cuánto hace que no te miras a los ojos? Sólo a los ojos, observando su color, su brillo, si están distraidos, inquietos, si puedes mirarte, si se alegran al verte, si les cuesta hacerlo… déjate ir en la profundidad de tu mirada: ¿cómo estás?, ¿qué sientes?, ¿Qué te tiene angustiado/agobiado?, ¿qué te gustaría hacer?, deja que lleguen las preguntas naturalmente y si no sale ninguna, ya será en otro momento. Podrá parecer que nadie escucha y hasta es posible que la voz del ego intervenga diciendo: “Qué haces hablando solo”. Sigue mirando, estás contigo, permite que la emoción se exprese y, es muy posible, que junto a ella aparezca un sentir desde el centro de tu pecho, una sonrisa o un brillo nuevo en los ojos, esa es la señal de que ese “algo más” que eres, esperaba la conexión hace tiempo.

Silenciar la mente y abrir el corazón

Marsilio Ficino, un sacerdote católico, filósofo y médico renacentista dice en Tres  libros sobre la vida: «La mente tiende a irse sola, como si no tuviera nada que ver con el mundo físico. Al mismo tiempo, la vida materialista puede ser tan absorbente que nos quedemos atrapados en ella… Lo que necesitamos, es el alma, en el medio, manteniendo la unión de mente y cuerpo, de ideas y vida, de espiritualidad y mundo».

Actualmente podemos decir que hemos experimentado -y casi a extremos- este desequilibrio y que estamos en la búsqueda de la puerta que nos lleve de camino a casa para reunir nuestras partes, integrarlas y ser. Esa puerta es el corazón, es el punto de conexión de nuestra parte invisible y la visible, del sentir y el hacer, es el hilo rojo que nos mantiene unidos siendo cada uno quien es en esencia, al servicio de complementar el todo. Al silenciar la mente, emerge una paz de nuestro interior, como un oleaje del mar que nos invita a relajarnos y fluir, cedemos el timón al corazón y dejamos que la mente siga sus instrucciones y en esa calma podemos escucharnos y dejarnos guiar; por el contrario cuando vamos aturdidos reaccionamos y avanzamos a velocidad, no importa cómo, todo es ya. La vida actual impone muchas prisas, nos rodea de ruido, entretenimiento, alternativas, cantidad de cosas al punto de sentirnos abrumados y anestesiados. Cuando esto ocurre, nuestra escucha está afectada. No podemos oír igual en medio de ruidos externos que en un ambiente apacible, lo mismo ocurre en cada uno de nosotros, cuando nuestra mente no para de exponer, decir, repetir, comparar, conjeturar, temer, etc, etc. Silenciarla, decirle basta y ponerle un limite, es el comienzo de tomar el poder de nuestras vidas y de elegir el camino a casa para nutrir nuestras acciones con la energía del amor.

Escuchar- Escucharnos

Todo comienza en cada uno de nosotros, al comprender nuestros propios ruidos,  despojarnos poco a poco de él, domesticar esa voz en la cabeza y no dejarnos persuadir,  darnos espacio para conocernos y conectar con nuestro sentir, sabernos más que un cuerpo-mente e integrar nuestra espiritualidad, así vamos abriendo nuestra capacidad de escucha desde el centro de nuestro ser, recibiendo nutrición y conexión con el todo que somos parte, nos retroalimentamos, nos enseñamos, orientamos, vamos poco a poco encontrando nuestro lugar, al compartir nuestro proceso vital. Cuando este circuito se corta, se bloquea, quedamos atascados y estancados. Aparece la soledad, el vacío, el sin sentido, desconectamos de la fuente y de los otros, más allá que estemos rodeados de sustitutos artificiales y nos consideremos “conectados”. Si nuestro sentir no está involucrado, la energía del amor no fluye y todo lo que puede hacernos sentir unidos es esporádico y efímero. Sólo la energía del amor es infinita e incondicional. De ahí, que en la frecuencia del amor, no hay miedo.

El lenguaje del corazón

Einstein decía: «Todo es energía». Y es sabido que así es. Las palabras y los silencios, también son energía. De ahí que algunas palabras nos alejan, otras nos acercan. Unas nos hacen sentir a gusto, otras nos alertan. Los silencios transmiten también su energía y expresan mucho. Hay silencios llenos de intimidad y los hay de absoluta indiferencia.

La frecuencia del lenguaje del ego es diferente del lenguaje del corazón. El ego defiende su YO del todo y para poder sobrevivir requiere del miedo, la separación, la confusión. El lenguaje del corazón es el camino opuesto, porque es el punto de conexión de cada partícula elemental con la fuente y entre cada una de ellas y se vale del amor para nutrir y potenciar cada ser y complementar al todo. El ego se cierra y se protege, construye una máscara. El corazón es el fluir de dar y recibir, es el danzar del tic-tac, es vínculo, integración, unidad.

En la carta que Einstein deja a su hija  Lieserl le explica: «Cuando propuse la teoría de la relatividad, pocos entendieron y lo que te revelaré ahora para que lo transmitas a la humanidad también será incomprendido. Te pido custodies, el tiempo que sea necesario, hasta que la sociedad haya avanzado». Y dice: «Hay una fuerza extremadamente poderosa que influye y gobierna a todas las otras, esta fuerza universal es el AMOR. El amor es luz, dado que ilumina a quien lo da y a quien lo recibe. Esta fuerza lo explica todo y da sentido a la Vida. Ésta es la variable que hemos obviado por demasiado tiempo, tal vez por miedo, ya  que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su antojo. Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque el amor es la quinta esencia de la vida».

¿Habrá llegado el tiempo en qué podamos comprenderlo? Habrá que dejar las máscaras, silenciar las mentes, abrir el corazón y animarnos a experimentar con la energía del amor.

Siempre me acompaña una edición de El Principito, para que sus enseñanzas sobre las complejidades de la vida me guíen al comunicar. Abro sus páginas: «He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos».

Con el escuchar ocurre lo mismo… Escuchemos desde el corazón, es un buen comienzo.

¡Feliz año!

 

 

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