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En la piel de una voluntaria escucha

Sábado, un cuarto de la mañana. Es el día que me levanto más temprano de la semana, y el que lo hago con más ilusión. Tengo una cita a ciegas. Llego al lugar y siempre, siempre, hay una sonrisa. Entro en la cabina y la encuentro ventilandose. Las emociones de una noche de sentimientos y confidencias vuelan cielo arriba. Me siento y ya suena el teléfono. A los tres tonos dejo de ser yo para ser tú, pero con la perspectiva que me da una necesaria distancia.

Hay llamadas más complicadas que otras, como pueden ser las de personas sometidas a una adicción, con todo lo que representa de ruina económica y muchas veces también laboral y familiar. Adicciones al juego, a sustancias, el sexo … ¿Cuántos desamores se esconden detrás estos hábitos? Los hay que después del buen día se identifican como usuarios con un trastorno mental. Sin mucha intervención por nuestra parte se sienten mucho mejor contándonos lo que les sucede, su realidad, una realidad que les ahoga el alma. Las enfermedades pueden ir desde un TOC a una depresión mayor o en una esquizofrenia.

Des de el otro lado me dicen con voz cansada “… Y yo les digo: entiendo que no me entiendan. Y Cuando lo digo los libero. No tener que andar explicando todo me ayuda a sobrellevarlo”. “…Los monstruos existen, algunos viven conmigo, me han convertido en algo que no quiero ser, en alguien que nunca fui”

“Ahora me ingreso solo. He aprendido a controlar los síntomas. La última vez agredí a mi madre, casi la mato, no puede volver a suceder. No era su hijo quien lo hizo, pero era yo. Pero el pensamiento de que un día no lo controle hace que me pase por la cabeza quitarme de en medio”

“No me entienden, me creen loca sin más. Piensan que exagero, que tengo demasiada imaginación…, y esto me pone peor porque no les puedo pedir ayuda.”

También hay llamadas terribles, llamadas de pérdidas de seres queridos, donde el único consuelo es escuchar, porque no hay nada que se pueda decir que no ofenda su sentir, donde las frases hechas y los estereotipos son como patadas al sentimiento inconmensurable que los ahoga hasta que consiguen estallar a llorar, y el nudo que les aprieta la garganta parece que por unos momentos se afloja. Silencio, escucha y amor es lo único que podemos hacer hacia el llanto, hacia la muerte. Pero a veces las llamadas, muchas veces, nos arrancan una sonrisa. Poesías dedicadas, cantatas, chistes “Ay niña, que contenta estoy que te he hecho reír, nos dais tanto …!”

A veces, nos llaman para contarnos pérdidas materiales que aprietan los bolsillos. Y es que cuesta creer que la próxima semana dormirás al raso. Que no puede pagar, que ni que tengas un trabajo …, no llegas! Y tu optimismo económico -con el que los bancos nos hicieron convivir- arrastra a toda la familia hacia la nada.

Nos llegan llamadas tan extremas que al escucharlas el silencio se vuelve sólido. Al otro lado del teléfono puede haber alguien que, por decisión propia y meditada, no quiere seguir viviendo. Y nos llama para que le acompañamos en este último tramo. Hay quien desea sentirse amado y salvado incluso de sí mismo. En estos casos podemos establecer un compromiso de aplazamiento, y vamos hablando …, hasta llegar a la calma. Hay quien no quiere morir solo. Sólo desea que una voz le acompañe en el último trance. Por supuesto que intentamos que no se dejen arrastrar por la desesperación o por el momento, pero no siempre es posible evitarlo, porque es lo que quiere de verdad.

También hay usuarios, enfermos terminales, que sólo quieren hablar con nosotros para ser conscientes de lo que viven y han vivido hasta el momento, como si la memoria pudiera materializar el milagro de la dilatación del tiempo. Suelen despedirse, a tramos, antes de traspasar. Suelen ser habituales de nuestro teléfono, personas que nos han hecho el regalo de su confianza y nos han permitido seguir su evolución hasta un desenlace fatal y cercano.

No nos podemos alargar demasiado en cada llamada, calculamos, sin reloj, que una media hora, pero es un tiempo muy aprovechado. Un tiempo lleno de escucha sin juicios de valor, sin reproches, sin soluciones. Un rato donde lo que intentamos es que la persona encuentre su propia salida, ser como una especie de lupa de aumento de toda positividad, un faro que los devuelva a sí mismos.

Y ya casi es hora de irse, y no he podido ni desayunar. En el office, me espera siempre un café negro, caliente y amargo, como a mí me gusta. Pero antes cojo la última llamada. Y esta, os prometo que no es oportunismo, justifica el no esfuerzo de estar. Es una señora que presenta un caso donde están involucrados sus dos hijos, el dinero, el negocio, el rencor, las malas gestiones … Después de hablar un rato, ya a punto de colgar me dice: “Me ayudáis a vivir. Hablo con vosotros y los problemas se diluyen” Y estas palabras, nos dan gasolina para salir y comernos el mundo.

Siempre nos dan mucho más de lo que intentamos dar. Siempre nos vamos con una sonrisa. Por duras que sean las llamadas, siempre hay una punta de esperanza, la sensación de que nuestro ser ha acompañado y ha sido útil, porque muchas veces a base de explicarnos la vida acabamos entendiéndola, y cuando lo entienden estamos más cerca de resolver.

Hay vidas contadas que podrías escribir libros.
Olga Roig
Voluntaria del Teléfono de la Esperanza

 

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