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A la pell d’una voluntària escolta

Noche de esperanza 

Per Alicia Rojas

Cuelgo la última llamada y des­pliego sobre la mesa el abanico de papeles donde anoto lo más relevante. Encuentro puntos de mejora pero en el global respiro satisfecha. Escuché sin juzgar las flaquezas de mente y espíritu, enjugué las lágrimas del perde­dor y evité dar consejos refor­mulando debidamente. Cuando tecleo el informe en el ordena­dor, me despido del compañero que me reemplaza a las ocho.

Tras la noche en vela me apetece llegar a casa y descansar. Al salir a la calle me estremezco por el frío. Los faroles siguen encendi­dos aunque la luz de la mañana se abre paso entre las nubes con matiz perezoso y escurridizo. Al caminar distraída en dirección al Metro, a punto estoy de tropezar con el indigente acurrucado en un rincón. Noto mal cuerpo pero sigo andando. A traición percibo el cálido aroma a café y pastas recién hechas.

Avanzo un trecho más pero la figura del mendigo insiste en gotear y enternecerme. Regreso cabizbaja con un par de mone­das en la mano. Al llegar al lugar que ocupaba con su vieja manta no lo veo. Observo los cartones y el desamparo del portal que respira su ausencia y mi apatía y respondo en voz alta al aire: bastante hiciste esta noche. La desaparecida silueta emerge del abismo donde van a parar los olvidados, es como lamento silencioso sacudiendo las con­ciencias. Hileras de transeúntes se entremezclan absortos en las pantallas de sus móviles dando forma al tapiz de anónimos vian­dantes.

De repente todo adquiere otro matiz distinto, como de burbuja a punto de estallar concentrada en el iris de sus ojos. La suya, la del indigente, no era una mirada más, era mirada antigua que re­sume los pesares del mundo. La de las injusticias y agravios, la de los golpeados por la sociedad y los heridos bajo el yugo del po­der y la ambición. La mirada re­presentativa de los invisibles.

Necesito encontrarlo. Obsesio­nada por la búsqueda he levan­tado la vista y miro. Veo a mis semejantes con sus caras dor­midas encubriendo los propios desencantos y fatigas. Veo el rostro de esa tanda de hombres y mujeres que fueron desfilando aquella larga noche, que, ocul­tos tras el hilo telefónico, me ha­blaron de tristezas y nostalgias, de vidas encontradas y grandes despedidas, de sufrimientos viejos y amores extraviados, de enfermedad y ausencias, de do­lorosas pérdidas. Sus almas son espejo donde la humanidad se multiplica.

Regreso desolada hasta la em­bocadura del subterráneo. Bajo despacio y me dispongo a espe­rar en el andén. Noto las pupi­las húmedas, heridas por el frío de esa soledad de albor prísti­no que nos alumbra al nacer, la misma soledad que abandona­mos al morir sin dejar otra huella en la tierra que nos inmortalice. Quizá el amor. Bonita palabra… ¿Pero era yo capaz de discernir hasta qué punto amamos mal cuando olvidamos que la entre­ga a nuestros semejantes no es moneda de cambio que paga y compra, sino regalo que une y encumbra?

Noto los párpados pesados, la fatiga haciendo mella en mí. Veo los faros que brotan del tú­nel, oigo el pitido que anuncia la apertura de las puertas. Entro sin mirar, temblorosa y llena de un inexplicable sentimiento.

De pronto me doy cuenta que el vagón está vacío a excepción de una figura vuelta de espaldas. Reconozco el chándal del men­digo. No puede ser, me digo, tomada por la alegría de un al­borozo indescriptible. Corro a su encuentro, las monedas me que­man en la palma de la mano.

Oiga, le digo. Sí, es a usted… aquí no hay nadie más…estamos solos.

¿Estás segura, María? María.

El nombre que nos identifica desde el anonimato. Y es cuan­do veo su rostro. El mismo que yo veía en la imagen del hombre de la cruz, aquel que sonreía y velaba por mí cuando era niña y luego se quedó conmigo a espe­rar el milagro de la flor. Esa que depositaba viva al pie de su cal­vario mientras pronunciaba baji­to: Amigo.

Despierto sobresaltada. Debí quedarme dormida al echarme en el sofá a descansar. Amanece.

Me asomo a la ventana con el corazón latiéndome en el pecho con tanto ímpetu que temo que vaya a estallar. Veo las torres de la catedral de Barcelona, la figu­ra de Santa Elena sobre el cim­borrio, los picos que respiran el alba desleída en madejas de púr­pura y ceniza.

Es Navidad.

Entra una llamada. Al tercer tim­bre me abalanzo a descolgar.

Ahora sé que todas las voces son Él.

TELÉFONO DE LA ESPERANZA, DÍGAME.

 

Alicia Rojas

Tenim la sort de comptar entre les nostres files de voluntaris/es amb aquesta gran escriptora. L’Alicia, a banda de delectar-nos amb aquest relat inspirat en les seves vivèn­cies com a voluntària del Telèfon de l’Esperança acaba també de publicar la seva primera novel·la La Ternura del Árbol Marchito.

Aquest és el relat d’una família d’emigrants andalusos que planten les seves arrels en terra catalana sense aspirar a grans gestes, però veient-se embolicats en petits actes heroics. La història, un tapís variat de personatges quotidians, abasta des de la fi de la dictadura passant pels difícils anys de la proclama­ció de la República, l’aixecament dels militars i l’asfixiant postguerra.

Dolors, ja octogenària, repre­senta la duresa de l’arbre que ha resistit vents i tempestats i ha renunciat als seus som­nis per tirar endavant els seus.

Versió Castellana

 

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