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Rosa Navas: “Contra las desgracias que te vienen dadas y que tu no has elegido, la solu¬ción es solo una: positividad”

“Fruto de un amor de guerra”, vecina de Nueva York, Flo­rida y La Habana y voluntaria del Teléfono de la Esperanza de Barcelona. Así es Rosa Navas, una de nuestras volun­tarias y patronas más antiguas y queridas, una mujer que, a pesar de haber vivido una vida trepidante y no siempre fácil, ha sabido encontrar el equilibrio perfecto gracias a su positividad y su manera única de ver la vida.

– Te consideras una persona afor­tunada?

Considero que ya estamos mar­cados desde el principio por el lugar donde nacemos. Según donde naces tienes unas res­ponsabilidades u oportunidades diferentes …

– Y que me podrías decir del lu­gar donde naciste tú?

Nací en San Sebastián y siempre digo que soy fruto de un amor de guerra, mis padres eran ca­talanes y se conocieron allí por­que los dos estaban refugiados en el mismo hotel. Mi madre era muy joven, tendría unos 20 o 21 años, mientras que mi pa­dre ya era un poco más mayor, 30 o 31 y no había ido a la gue­rra. Se encontraron en el hotel y al final se enamoraron. Como anécdota te puedo contar que mi padre siempre le quería ver las piernas a mi madre pero ella no lo dejaba. En la Playa de la Concha de San Sebastián había unos guardias que no dejaban que las mujeres se bañaran sin una falda por encima del ba­ñador y aprovechando esto, mi padre le decía a mi madre: “tú justo antes de llegar a la playa quítate la falda”. El guardia re­gañaba a mi madre y mi madre, señalando a mi padre, le decía al guardia “aquel señor de allí pa­gará la multa”. (Ríe) Finalmente en el año 39 nací yo y por eso digo que soy fruto de un amor de guerra.

– Volvisteis a Barcelona?

Sí. Pero fue breve, ya que cuan­do yo tenía 8 años fuimos a vivir

a Estados Unidos. Primero es­tuvimos 1 año en Florida y lue­go 2 años en Nueva York. Como mi madre no podía sola con 4 criaturas, decidió a mi hermana y mí ponernos internas en una escuela que sólo hablaban in­glés y nos dijo “espabilaros”.

– Y después de los 2 años en Nueva York?

Tras vivir en Nueva York mi padre decidió que fuéramos a vivir a La Habana, Cuba.

– Y como hacíais estos despla­zamientos?

Pues eran desplazamientos larguísimos, ya que nosotros siempre viajábamos con los muebles, de esta manera fuéra­mos donde fuéramos siempre dormíamos en las mismas ca­mas, teniamos los mismos so­fás, las mismas sillas … Era un poco nuestra identidad.

– Os llevasteis los muebles de Barcelona?

Sí. Eran unos muebles que mi padre había hecho hacer en Ar­gentona y que cargamos hasta un puerto de Francia y de Fran­cia tomamos un barco hasta los Estados Unidos en un trayecto que duró 15 días.

– ¿Cómo fue tu vida en La Ha­bana?

Estuvimos 7 años en La Ha­bana, en ese momento go­bernaba Fulgencio Batista. Como en Estados Unidos no había casinos, todos los ame­ricanos bajaban a La Habana a jugar. En ese momento Cuba funcionaba muy bien. En el año 58, Fidel Castro subió al poder y comenzó a hacer “la revolución”. En ese momento mis padres tomaron una de­cisión: volver a casa.

– Y como fue la vuelta a tu tie­rra?

Pues de golpe tuve que acos­tumbrarme a la vida de aquí. Mi aspecto era diferente del de los demás. Mi hermana y yo íbamos vestidas como ni­ñas cubanas, llevábamos la falda típica cubana y ropa mucho más colorida. Tenía que hacer amistades y me apunté a un curso de pueri­cultura. Un día en clase, dos médicos pidieron voluntarias para trabajar en el Hospital de la Maternidad y así fue como entré a trabajar en el hospital. Eran turno de 12 horas y yo era suplente de las enferme­ras. Estuve 6 años trabajando allí.

– Y el amor …?

Pues durante los años que es­tuve trabajando en la Mater­nidad, estaba en la edad de enamorarme y así lo hice. Me enamoré…

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